lunes, 4 de junio de 2012

Cenicienta

Érase una mujer, casada con un hombre muy rico, que enfermó, y, presintiendo su próximo fin, llamó a su única hijita y le dijo antes de morir que debía ser siempre buena. La muchachita fue todos los días a la tumba de su madre a llorar. En menos de un año el padre de la niña contrajo nuevo matrimonio.

La segunda mujer llevó a casa dos hijas, de rostro bello y blanca tez, pero negras y malvadas de corazón. Vinieron entonces días muy duros para la pobrecita huérfana. “¿Esta estúpida tiene que estar en la sala con nosotras?” decían las recién llegadas. “Si quiere comer pan, que se lo gane. ¡Fuera, a la cocina!” Le quitaron sus hermosos vestidos, le pusieron una blusa vieja y le dieron un par de zuecos. Y la llevaron a la cocina donde tenía que pasar el día entero ocupada en duros trabajos. Además sus hermanastras la sometían a mortificaciones como esparcir, entre la ceniza, los guisantes y las lentejas, para que tuviera que pasarse horas recogiéndolas. A la noche, en vez de acostarse en una cama, tenía que hacerlo en las cenizas del hogar. Y por este motivo iba siempre polvorienta y sucia y la llamaban Cenicienta.

Un día que el padre iba a la feria sus hijastras le pidieron que trajera hermosos vestidos, mientras que Cenicienta le pidió que le trajera la primera ramita que tocara su sombrero. El padre cumplió y le trajo a Cenicienta un brote de avellano, que ella plantó junto a la tumba de su madre. El brote creció y se convirtió en un hermoso árbol. Siempre que Cenicienta iba a llorar a su madre encontraba a un pajarito en el árbol, que le daba todo lo que Cenicienta pidiera.

Un día el Rey organizó una fiesta de tres días para todas las doncellas bonitas, con tal de que su heredero eligiera a una de ellas para casarse. Las hermanastras figuraban en la lista y Cenicienta preguntó a su madrastra si podía ir ella también a la fiesta, a lo que respondió: “¿Tú, la Cenicienta, cubierta de polvo y porquería, pretendes ir a la fiesta? No tienes vestido ni zapatos, ¿y quieres bailar?” Pero la chica insistió mucho y la madrastra le dijo: “Te he echado un plato de lentejas en la ceniza, si las recoges en dos horas, te dejaré ir.” Cenicienta fue al jardín y pidió a las palomas y tórtolas que la ayudaran a recoger las lentejas. Cuando terminaron fue a decírselo a la madrastra, pero esta le replicó: “No, Cenicienta, no tienes vestidos y no puedes bailar. Todos se burlarían de ti.” Y como la pobre volvió a insistir le prometió: “Si en una hora eres capaz de limpiar dos fuentes llenas de lentejas que echaré en la ceniza, te permitiré que vayas.” La madrastra pensaba que nunca lo conseguiría, pero Cenicienta volvió a recurrir a las palomas y las tórtolas. Cuando terminaron fue a decírselo a su madrastra, quien le dijo: “Todo es inútil; no vendrás, pues no tienes vestidos ni sabes bailar. Serías nuestra vergüenza.” Y partió apresurada con sus dos hijas.

Cenicienta fue a llorar a la tumba de su madre y suplicó: “¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas, y échame oro y plata y más cosas!” Y el pájaro le echó un vestido brillante de plata y oro y unas zapatillas de seda y plata. Cenicienta se vistió y fue al baile, donde ni la madrastra ni sus hijas la reconocieron. El príncipe, al verla, se enamoró perdidamente y bailó con ella. A toda la que se le acercaba para invitarle a bailar, se negaba diciendo: “Ésta es mi pareja.”

Al anochecer, Cenicienta quiso volver a su casa y, aunque el príncipe quiso acompañarla, ella se le escapó, y se encaramó de un salto al palomar. El príncipe le dijo a su padre que la doncella forastera se había escondido en el palomar y lo mandó derribar. Pero en su interior no había nadie. Y cuando todos llegaron a casa, encontraron a Cenicienta entre la ceniza, cubierta con sus sucias ropas; pues había saltado por detrás del palomar y había dejado su vestido en la tumba de su madre para que el pajarito se lo llevara.

Al día siguiente, a la hora de volver a empezar la fiesta, cuando los padres y las hermanastras se habían marchado, la muchacha se dirigió al avellano y le dijo: ¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas, y échame oro y plata y, más cosas!”

El pajarillo le envió un vestido mucho más espléndido aún que el de la víspera; y al presentarse ella en palacio, todos los presentes se pasmaron ante su belleza. El hijo del Rey volvió a bailar con ella y al anochecer ella volvió a escapar y se subió a un peral, que fue derribado para encontrarla, aunque ella ya había saltado por detrás y al igual que la víspera se encontraba en su casa, entre las cenizas.

El tercer día, en cuanto se marcharon los demás, volvió Cenicienta a la tumba de su madre y suplicó al arbolillo: “¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas,
y échame oro y plata y más cosas!” Y el pájaro le echó un vestido soberbio y brillante como jamás se viera otro en el mundo, con unos zapatitos de oro puro. Cuando se presentó a la fiesta, todos se quedaron boquiabiertos de admiración. El hijo del Rey bailó exclusivamente con ella y al anochecer se escapó Cenicienta. Pero esta vez el príncipe recurrió a una trampa: mandó embadurnar las escaleras, por lo que, uno de sus zapatos de oro se quedó pegado en los escalones y el príncipe decidió que se casaría con la doncella en la que se ajustara el zapato.

Las dos hermanastras se alegraron, pues ambas tenían los pies muy lindos. La mayor fue a probarse la zapatilla con su madre. Pero no podía introducir el dedo gordo y, la madre, alargándole un cuchillo, le dijo: “¡Córtate el dedo! Cuando seas reina, no tendrás necesidad de andar a pie.” Lo hizo la muchacha y, reprimiendo el dolor, se presentó al príncipe, que se marchó con ella. Pero al pasar por delante de la tumba dos palomitas que estaban posadas en el avellano gritaron que había sangre en el zapato y ésa no era la verdadera.

Miró el príncipe el pie y vio que de él fluía sangre. Devolvió la muchacha a su madre, diciendo que no era aquella la que buscaba.

La otra hermana tenía que probarse el zapato. Subió a su habitación y no había manera de meter el talón. Le dijo la madre, alargándole un cuchillo: “Córtate un pedazo del talón. Cuando seas reina no tendrás necesidad de andar a pie.” Se cortó un trozo del talón y, reprimiendo el dolor, se presentó al hijo del Rey, que se marchó con ella. Pero al pasar por delante del avellano, las dos palomitas posadas en una de sus ramas gritaron que había sangre en el zapato y ésa no era la verdadera. Miró el príncipe el pie y vio que de él fluía sangre. Devolvió la muchacha a su madre y preguntó si había otra muchacha en la casa. El hombre le dijo que solo le quedaba una hija pringosa de su antigua mujer que no podía ser la novia, pero el príncipe insistió en verla.

Cenicienta se ajustó perfectamente el zapato y cuando el príncipe la miró a los ojos supo que era ella con quien había bailado y exclamó: “¡Ésta sí que es mi verdadera novia!” La madrastra y sus dos hijas palidecieron de rabia, pero el príncipe se marchó con Cenicienta. Y al pasar por delante del avellano las palomitas blancas gritaron que no había sangre en el zapato y ésa sí era la verdadera.

Al llegar el día de la boda, se presentaron las traidoras hermanas deseosas de congraciarse con Cenicienta y participar en su dicha. Pero al encaminarse a la iglesia, yendo la mayor a la derecha de la novia y la menor a su izquierda, las palomas, de sendos picotazos, les sacaron un ojo a cada una. Luego, al salir, yendo la mayor a la izquierda y la menor a la derecha, las mismas aves les sacaron el otro ojo. Y de este modo quedaron castigadas por su maldad, condenadas a la ceguera para todos los días de su vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario